El lugar donde descansan las piedras

La noche había extendido sobre el mundo un manto de terciopelo negro. Tras los cristales, la ciudad dormía ajena a los secretos que habitaban las sombras.

Ella cerró los ojos.

Y entonces, la habitación comenzó a desdibujarse. Las paredes se disolvieron en una niebla azulada, el reloj enmudeció y el mundo desapareció lentamente, como una imagen que se desvanece en el agua.

De pronto, se encontró en un jardín desconocido, bajo un cielo oscuro, casi violeta. Los árboles alzaban sus ramas retorcidas hacia una luna velada y un sendero de hojas húmedas se perdía entre la niebla. Al fondo, un banco de piedra aguardaba en silencio.

Caminó hasta él y se sentó.

Llevaba una mochila a la espalda, llena de piedras. Se la quitó despacio y la dejó a sus pies. El golpe contra la piedra resonó entre los árboles, grave y profundo, como si el jardín hubiera estado esperando aquel sonido desde el principio de los tiempos.

La contempló durante unos instantes. Después levantó la mirada hacia el horizonte.

Una luz plateada flotaba sobre la niebla. No parecía venir de la luna ni de las estrellas, sino de algún lugar situado más allá de cuanto alcanzaba a ver. El viento recorrió las ramas y una campana dejó escapar una nota lejana, tan delicada que parecía pertenecer a otro mundo.

Comenzó a llover.

Las gotas resbalaban por las hojas y dibujaban círculos diminutos en los charcos. El jardín se llenó de una música lenta, hipnótica, mientras la niebla envolvía el banco y borraba los límites del sendero.

Ella cerró los ojos.

El sonido de la lluvia fue transformándose poco a poco. Las gotas dejaron de caer sobre las hojas y comenzaron a golpear suavemente una superficie de cristal. La campana se extinguió. Los árboles perdieron sus contornos y la luz plateada se convirtió en una claridad gris.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en su habitación.

El amanecer se filtraba entre las cortinas. La lluvia golpeaba los cristales y, sobre la pared, las sombras comenzaban a retroceder. Durante unos segundos permaneció inmóvil, suspendida entre dos mundos.

Miró hacia la ventana.

Una gota descendía lentamente por el vidrio. En su reflejo creyó distinguir las ramas retorcidas del jardín, la niebla suspendida entre los árboles y el banco de piedra.

Parpadeó.

Solo quedaban la habitación y la primera luz de la mañana.

Pero el jardín seguía allí, intacto en algún rincón de su memoria, como esos lugares que visitamos en sueños y que continúan existiendo mucho después de despertar.

Y en medio de aquella niebla, junto al banco de piedra, la mochila permanecía en silencio.

A su alrededor, la lluvia seguía cayendo.

Y la noche, lentamente, se llevaba consigo los últimos secretos del jardín.

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