

Había una vez, junto a una laguna brillante, tres amigos muy peculiares.
El primero era Patoso, un pato que no sabía nadar.
La segunda era Nube, una oveja que no sabía balar.
Y el tercero era Rosendo, un flamenco que no sabía bailar.
Los tres pensaban que tenían un gran problema.
Patoso veía a los demás patos deslizarse por el agua como pequeñas barcas y se preguntaba por qué él no podía hacerlo.
Nube escuchaba a las otras ovejas decir:
—¡Beeee! ¡Beeee!
Pero cuando ella abría la boca, apenas salía un tímido:
—Mmm…
Y Rosendo admiraba a los flamencos que danzaban con elegancia al atardecer, mientras él se quedaba quieto como una estaca.
Un día, cansados de sentirse diferentes, se reunieron bajo la sombra de un olivo.
—No sé nadar —dijo Patoso.
—No sé balar —respondió Nube.
—Y yo no sé bailar —añadió Rosendo.
Entonces apareció una vieja tortuga que había vivido muchos años.
—¿Y quién os ha dicho que tenéis que ser iguales que los demás? —preguntó.
Los tres se quedaron pensando.
La tortuga les propuso un juego. Durante una semana, cada uno ayudaría a los otros a descubrir lo que sí sabían hacer.
Patoso resultó ser un gran explorador y encontraba los rincones más bonitos de la laguna.
Nube era tan cariñosa que todos acudían a ella cuando estaban tristes.
Y Rosendo tenía una voz preciosa para cantar melodías suaves al caer la tarde.
Con el tiempo, Patoso perdió el miedo al agua y aprendió a nadar.
Nube practicó tanto que una mañana, sin darse cuenta, soltó un sonoro:
—¡Beeeeeee!
Las demás ovejas la miraron sorprendidas y luego la felicitaron.
Y Rosendo descubrió que bailar no consistía en hacerlo perfecto. Bastaba con moverse al ritmo de la música y disfrutar. Así que empezó a dar pequeños pasos, luego giros, y terminó bailando bajo las estrellas.
Aquella noche celebraron una gran fiesta.
Patoso nadó.
Nube baló.
Rosendo bailó.
Y los tres comprendieron que aprender lleva tiempo, pero que la amistad hace el camino mucho más fácil.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado. 🦆🐑🦩✨