
Aquella noche, Clara se durmió con el corazón lleno de recuerdos.
De pronto apareció un camino bañado por una luz suave. Al final había un banco de madera. Allí estaba Raúl.
Tenía el mismo rostro de 2002, pero en sus ojos habitaba una paz desconocida.
—Hermana… —dijo sonriendo.
Clara corrió hacia él y lo abrazó con toda la fuerza de los veinticuatro años que llevaban separados.
—Te he echado tanto de menos…
—Yo nunca me fui del todo —respondió él acariciándole el cabello.
Se sentaron uno junto al otro.
—¿Sabes? Sigo caminando como siempre. Mi parálisis cerebral continúa siendo mi compañera de viaje.
Raúl sonrió con ternura.
—Lo sé. Siempre fue parte de ti. Nunca vi tu discapacidad; siempre vi a mi hermana luchando por vivir.
Clara rompió a llorar.
—A veces me cansé…
—Y, aun así, nunca dejaste de levantarte.
Después comenzó a contarle su vida.
Le habló de los libros que había escrito, de la pintura, de Víctor, su gato, de las personas maravillosas que habían llegado a su camino y de los amigos que hoy eran familia.
—Me habría gustado que los conocieras.
—Los conozco por ti. Cuando alguien ama a mi hermana, también ocupa un lugar en mi corazón.
Clara sonrió.
—¿Recuerdas a tus sobrinos?
Raúl rio con dulzura.
—Claro que sí. Los recuerdo corriendo, jugando y buscándome para que jugara con ellos.
Clara bajó la mirada.
—Ahora son hombres y mujeres. La vida siguió… y tú no pudiste verla.
Los ojos de Raúl se llenaron de emoción.
—El tiempo cambia los cuerpos, pero el amor reconoce siempre a los suyos. Aunque no los haya visto crecer, siguen siendo mis sobrinos.
Entonces Clara le habló de su padre, de su madre, de las pérdidas, de las alegrías, de las caídas y de las veces que creyó no poder más.
Raúl la escuchó en silencio.
Cuando terminó, tomó sus manos.
—¿Sabes qué es lo que más me emociona?
—¿Qué?
—Que aquella hermana pequeña que tantas veces sufrió por sentirse distinta terminó convirtiendo su dolor en palabras que abrazan a otras personas.
El paisaje comenzó a desvanecerse con la llegada del amanecer.
—¿Ya tienes que irte? —preguntó Clara.
—No. Eres tú quien debe despertar.
—¿Volveré a verte?
Raúl sonrió.
—Cada vez que escribas con el corazón. Cada vez que recuerdes sin tristeza. Cada vez que pronuncies mi nombre con amor.
Porque la muerte solo separa los cuerpos.
Los hermanos de verdad siguen encontrándose en el lugar donde nunca muere nadie: en el corazón.