El verano que olvidó las vacaciones

Hay veranos que llegan
con olor a sal y a sandía,
con tardes de siesta
y noches que se quedan despiertas
mirando la luna.

Y luego está este.

Este verano ha llegado vestido de fuego,
con los tejados ardiendo
y las calles convertidas
en espejos donde el sol
se mira demasiado.

El calor pesa.

Pesa sobre los hombros,
sobre los párpados,
sobre las horas que avanzan despacio
como caracoles cansados.

Trabajo
mientras las vacaciones pasan de largo,
como un tren al que no pude subir.

Las veo alejarse por la ventanilla:
una playa azul,
una maleta ligera,
un vestido bailando con el viento,
una tarde sin reloj.

Pero aquí sigo.

Entre horarios,
persianas bajadas
y un café que se enfría lentamente,
mientras agosto hace ruido
al otro lado de la ventana.

A veces sueño
que el verano se apiada de mí.

Entonces cierro los ojos
y aparece un mar imposible
en mitad de la habitación.

Las paredes se vuelven arena,
el techo se llena de estrellas
y una brisa pequeña
me despeina el alma.

Camino descalza
por una playa que no existe,
recogiendo conchas hechas de sueños.

Una me susurra:

—Todavía puedes irte.

Y yo pregunto:

—¿Adónde?

—A cualquier lugar
donde no tengas que demostrar nada.

Entonces despierto.

Vuelve el calor.
Vuelve el trabajo.
Vuelve agosto
con su interminable bostezo.

Pero durante unos segundos
queda en mis manos
un poco de aquella arena imaginaria.

Y comprendo
que quizá las vacaciones
no siempre son un lugar.

A veces son una grieta
por donde se escapa el hastío.

Un libro abierto.
Una canción.
Una nube que pasa.
Un sueño a media tarde.

Un instante diminuto
en el que el mundo deja de pesar.

Y mientras agosto arde,
yo cierro los ojos
y me concedo, al menos,
el lujo de desaparecer un momento.

Porque también eso
es una forma de viajar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *