Entre lagunas, bosques y leyendas: una ruta 4×4 por el corazón de Cazorla

Hay días en los que uno no necesita grandes planes para sentirse feliz. Solo hace falta un paisaje bonito, buena compañía y alguien que sepa mirar la naturaleza con otros ojos. Y eso fue precisamente lo que vivimos Inma y yo, Elena, en nuestra ruta de las lagunas en 4×4 por la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas.

Nos subimos a un vehículo todoterreno con un grupo estupendo y con Andrés, nuestro guía, que desde el primer momento consiguió que aquel día fuera mucho más que una excursión. Simpático, cercano y con un conocimiento enorme de la sierra, iba convirtiendo cada parada en una pequeña clase de naturaleza, pero de esas clases que no aburren, porque vienen acompañadas de historias, dichos, curiosidades y alguna que otra sonrisa.

Y es que Cazorla no es solamente montañas, pinos y agua. Es un auténtico libro abierto.

Nuestra ruta nos llevó por lugares como Las Navas del Espino, Navas de San Pedro, el Barranco del Guadalentín, el Estrecho de los Perales y los impresionantes Campos de Mantelea, rondando los 1.600 metros de altitud. A medida que ascendíamos, el paisaje iba cambiando y parecía que también cambiaba el tiempo. Dejábamos atrás el mundo cotidiano y nos adentrábamos en una sierra cada vez más salvaje.

Uno de los grandes protagonistas fue el Pino Galapán, un impresionante pino salgareño que alcanza unos 39-40 metros de altura y cuyo tronco tiene un perímetro de más de cinco metros a la altura del pecho. Se calcula que puede tener alrededor de seis siglos. Es uno de los árboles más emblemáticos de estas sierras y, según la información oficial, uno de los ejemplares más grandes de su especie en el parque.

Pero Andrés no se limitó a decirnos los nombres de los árboles. Nos enseñó a observarlos.

Nos habló de los quejigos, esos árboles que muchas veces pasan desapercibidos para quien simplemente mira el bosque, y de las curiosas agallas que aparecen en sus ramas. Son unas formaciones que se producen como respuesta del árbol a la acción de pequeños insectos, que ponen sus huevos en los tejidos vegetales. La naturaleza, una vez más, haciendo cosas que parecen sacadas de un cuento.

También aprendimos a reconocer el majuelo o espino blanco, un arbusto de flores blancas que en primavera debe ser una auténtica maravilla. Y descubrimos otros arbustos y especies propias de estas alturas, como el boj y diferentes matorrales rastreros que sobreviven en unas condiciones que no siempre son fáciles.

Por el camino aparecieron también los líquenes, entre ellos el conocido como candilejo, y hasta las setas, con los níscalos como protagonistas. Y ahí comprendimos que el bosque tiene su propio lenguaje: basta con detenerse un poco y mirar.

Pasamos junto al Arroyo de la Reina y llegamos a la Laguna de Valdeazores, una de esas estampas que hacen que uno saque el teléfono para fotografiarla, aunque sabe perfectamente que ninguna fotografía consigue guardar del todo lo que están viendo sus ojos.

Después apareció el embalse de Aguas Negras, de origen artificial, formando junto al entorno natural un paisaje que parece completamente integrado en la montaña.

Y qué decir de la vegetación. Moreras, cipreses, boj, espinos, acacias… Andrés nos iba descubriendo cada especie y también los nombres populares que han pasado de generación en generación. Porque en la sierra muchas plantas tienen más de un nombre y detrás de algunos de ellos hay historias que forman parte de la cultura serrana.

Una de las curiosidades que más nos llamó la atención fue la acacia, con sus flores blancas, a las que tradicionalmente se han relacionado con ese curioso nombre popular de pan y queso. ¡Quién iba a imaginar que mientras nosotros simplemente veíamos una flor bonita, detrás había toda una historia!

Y entre árbol y árbol también hubo tiempo para hablar de los habitantes de cuatro patas de Cazorla. De ciervos, gamos, cabras monteses, jabalíes y de ese momento tan especial del año en que llega la berrea. Ese sonido profundo de los ciervos machos en época de celo debe de ser una de esas experiencias que se quedan grabadas para siempre.

Porque si algo tiene Cazorla es precisamente eso: vida por todas partes.

En cualquier rincón puede aparecer una huella, un sonido entre las ramas, un animal cruzando a lo lejos o simplemente el silencio profundo de la montaña.

Andrés también nos habló de otros lugares que quedan pendientes para próximas aventuras, como Los Poyos de la Mesa o la Cerrada del Utrero, y nos contó algunas curiosidades de especies tan singulares como el llamado escobón de brujas, una deformación o crecimiento anómalo que puede aparecer en algunos árboles y que parece, visto desde lejos, un enorme nido vegetal.

Y así, entre curvas, caminos de montaña, bromas, explicaciones y paisajes imposibles de describir con palabras, fue pasando nuestro día.

Inma y yo íbamos disfrutando de cada kilómetro. A veces hablando, otras simplemente mirando por la ventanilla. Porque hay momentos en los que no hace falta decir nada. Basta con contemplar cómo las montañas se suceden, cómo el cielo cambia, cómo los árboles se agarran a la tierra y cómo el agua encuentra su camino entre las piedras.

La ruta de las lagunas terminó siendo mucho más que una excursión en 4×4.

Fue un día para aprender, descubrir, reír y disfrutar de la naturaleza.

Y sobre todo, para comprender que cuando alguien conoce de verdad un lugar, consigue que tú también empieces a mirarlo de otra manera.

Eso hizo Andrés con nosotros.

Nos enseñó que detrás de un árbol hay una historia, detrás de una flor una curiosidad, detrás de una montaña un paisaje distinto y detrás de cada sonido puede esconderse un animal.

Cazorla ya era bonita antes de conocerla así.

Pero después de recorrerla con alguien que sabe contar sus secretos, parece todavía más bonita.

Y mientras regresábamos, Inma y yo nos miramos con esa sensación que queda después de un día bien aprovechado.

De esos que uno guarda en la memoria.

De esos que dicen:

“Qué bien lo hemos pasado.”

Y, por supuesto, con una idea rondándonos la cabeza:

Habrá que volver. Porque todavía nos queda mucha Cazorla por descubrir.

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