
Hay cosas en la vida que nos acompañan, otras que nos sostienen y algunas que llegan a convertirse en una parte inseparable de quienes somos. Para mí, la escritura es todo eso y mucho más. No es solamente una afición, ni una forma de ocupar el tiempo. Es una necesidad, una manera de respirar cuando el alma se llena de palabras que necesitan salir.
Escribo porque necesito sentir, recordar, comprender y, sobre todo, seguir viviendo con ilusión.
En las páginas de un cuaderno encuentro un lugar donde puedo ser yo misma, sin máscaras, sin explicaciones y sin miedo a que mis sentimientos sean juzgados. Allí tienen cabida mis alegrías, mis tristezas, mis dudas, mis heridas y también mis sueños. Puedo transformar el dolor en poesía, la nostalgia en un relato y los pequeños acontecimientos cotidianos en historias que merecen ser contadas.
La escritura me permite ordenar el desorden de mis pensamientos. A veces comienzo una página sin saber muy bien qué quiero decir y, poco a poco, las palabras van encontrando su camino. Es como si una parte de mí supiera lo que necesito escuchar, aunque yo todavía no haya conseguido comprenderlo.
Escribir para sanar y para recordar
He aprendido que escribir también es una forma de sanar. No significa que las heridas desaparezcan ni que las dificultades dejen de existir, pero ponerlas en palabras me ayuda a mirarlas desde otra perspectiva. Me permite reconocer lo vivido, aceptar aquello que no puedo cambiar y descubrir la fuerza que permanece en mí, incluso en los días más difíciles.
En mis escritos viven las personas que he amado, los recuerdos que me acompañan y los momentos que el tiempo no ha conseguido borrar. Escribir es una manera de mantener cerca a quienes ya no están, de recuperar una conversación, de volver a una feria compartida o de imaginar un encuentro imposible bajo el cielo.
Porque hay recuerdos que no quiero perder y sentimientos que no deseo que el silencio se lleve consigo.
También escribo para celebrar la vida. Para contar una experiencia nueva, una clase de guitarra que despierta mi entusiasmo, una actividad que me devuelve la ilusión o una pequeña victoria que quizá para otros pase inadvertida, pero que para mí significa mucho.
La vida está hecha de grandes acontecimientos y de pequeños instantes. Y yo quiero aprender a reconocerlos, disfrutarlos y conservarlos entre mis palabras.
Mi voz, mi libertad
A veces me pregunto qué sería de mí sin la escritura. Quizá seguiría siendo la misma persona, pero me faltaría una parte esencial de mi identidad. Porque escribir no es algo que hago de vez en cuando: es una forma de mirar el mundo, de relacionarme con los demás y de entenderme a mí misma.
Soy maestra, lectora, poeta y narradora. Me gusta crear historias, dar vida a personajes, imaginar mundos y compartir emociones. Cada libro publicado, cada poema terminado y cada artículo que llega a alguien representa un pedacito de mi camino.
No escribo porque tenga todas las respuestas. Escribo precisamente porque sigo buscando. Porque necesito hacer preguntas, explorar mis sentimientos y encontrar belleza incluso en aquello que me cuesta aceptar.
Y, aunque no todo el mundo comprenda lo que significa para mí escribir, he aprendido que no necesito renunciar a aquello que me hace feliz. Las palabras son mías, nacen de mis experiencias, de mi imaginación y de mi manera de sentir. Son mi voz y mi forma de expresarme.
Lo importante no es escribir para demostrar nada, sino escribir porque dentro de mí hay algo que necesita ser contado.
Mientras pueda escribir, seguiré soñando
La vida me ha enseñado que no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos intentar encontrar una manera de convivir con ello. Yo he encontrado en la escritura una compañera fiel, de esas que permanecen cuando el cansancio pesa, cuando las dudas aparecen o cuando el corazón necesita desahogarse.
Por eso quiero seguir escribiendo. Quiero llenar páginas, terminar libros, inventar cuentos para los niños, compartir poemas con quienes buscan refugio en unos versos y contar mis vivencias en este blog. Quiero que mis palabras lleguen a otras personas, que alguien se reconozca en ellas, que una historia le provoque una sonrisa o que un poema le haga sentirse menos solo.
No aspiro a gustar a todo el mundo. Me basta con escribir desde la verdad de lo que siento y saber que, en algún lugar, mis palabras pueden encontrar un corazón dispuesto a recibirlas.
Quizá ese sea uno de los mayores regalos de la literatura: permitirnos encontrarnos con los demás a través de aquello que nace en nuestra intimidad.
La escritura es mi refugio, pero también es mi ventana al mundo. Es el hilo que une mi pasado con mi presente y la posibilidad de seguir construyendo un futuro lleno de proyectos.
Porque todavía tengo mucho que contar, muchos personajes esperando a nacer y muchas emociones buscando su lugar en una página en blanco.
Y mientras conserve esa necesidad de transformar la vida en palabras, seguiré adelante, con mis cuadernos, mis libros y mis sueños.
La escritura lo es todo para mí porque, cuando escribo, no solo cuento mi historia: también me encuentro, me reconstruyo y vuelvo a sentir que todo es posible.
Y si algún día alguien me pregunta quién soy, quizá mi respuesta más sincera sea esta:
Soy una mujer que ha aprendido a convertir sus vivencias en palabras, sus sentimientos en historias y sus sueños en libros.
Soy alguien que escribe para no olvidar, para comprender, para compartir y para vivir.
Porque las palabras forman parte de mí.
Y porque, mientras haya una historia que contar, siempre encontraré un motivo para seguir escribiendo.