
Hay viajes que empiezan con una maleta y terminan convirtiéndose en un recuerdo que ya no sabes muy bien dónde guardar, porque se te queda dentro.
Así han sido estos días en la Sierra de Segura y Las Villas, en ese rincón de la sierra donde hemos vivido mucho más de lo que imaginábamos cuando llegamos. Unos días que comenzaron con una idea sencilla: descansar, disfrutar de la piscina de los apartamentos El Pinar de Coto Ríos y dejarnos llevar.
Aunque con Inma al lado, eso de quedarnos tranquilas era bastante difícil.
Yo pensaba que, al no tener coche, nuestras vacaciones serían tranquilas, de piscina y poco más. Pero la montaña tenía otros planes para nosotras.
Y qué planes.
Hemos caminado por senderos, hemos descubierto paisajes que parecían sacados de un sueño, hemos seguido el curso del agua, cruzado puentes, contemplado montañas y nos hemos quedado en silencio muchas veces, simplemente mirando.
Y tengo que reconocer algo que para mí tiene un significado especial: he resistido como una jabata.
Mis pies han estado ahí para recordarme que no siempre puedo hacer todo lo que quisiera. Mi discapacidad pone límites, y durante estos días también he tenido que escucharlos. Ha habido momentos de cansancio, de dolor y de pensar hasta dónde podía llegar.
Pero también ha habido una enorme satisfacción por todo lo que sí hice.
Porque no hace falta llegar hasta el último kilómetro de un sendero para haber vivido la aventura.
En la ruta del río Borosa no hicimos el recorrido completo. Nos habría encantado continuar, llegar más lejos y conocer cada rincón de ese maravilloso camino, pero mi cuerpo tiene sus propios tiempos y tuve que parar cuando fue necesario.
Y parar no fue rendirse.
Fue saber hasta dónde podía llegar.
Disfruté del río, de sus aguas, de los puentes, de los árboles, del sonido de la naturaleza y de todos aquellos paisajes que pude contemplar. Y me quedo con eso. Con haberlo intentado, con haber disfrutado y con haber llegado mucho más lejos de lo que quizá yo misma pensaba que podría.
También hicimos la ruta de las lagunas en todoterreno, una auténtica aventura por la sierra. Subimos hasta grandes alturas, atravesamos pinares, vimos quejigos, líquenes, setas y paisajes que parecían no terminar nunca.
Pero tampoco pude hacerlo todo.
Cuando llegamos al punto desde el que comenzaba el sendero hacia el embalse y la laguna de Aguas Negras y el nacimiento del río Borosa, no bajé por el camino.
Y está bien.
Porque hay veces que la verdadera victoria no consiste en llegar hasta el final, sino en saber disfrutar del lugar en el que estás.
Mientras otros continuaban el recorrido, yo me quedé con la satisfacción de haber llegado hasta allí. De haber subido hasta aquellos paisajes. De haber disfrutado del viaje en 4×4. De haber visto la sierra desde lugares increíbles. Y, sobre todo, de no haber permitido que mis limitaciones me quitaran las ganas de vivir la experiencia.
Porque estas vacaciones no han sido una competición.
Han sido vida.
También hubo momentos de descanso. Una mañana en la piscina de los apartamentos, disfrutando del agua y dejando que los pies descansaran después de todo lo vivido.
Y hubo una tarde preciosa en el tren turístico que nos llevó hasta el parque cinegético de Cazorla. Nos recogieron cerca de los apartamentos y comenzamos un recorrido que terminó siendo otra de esas experiencias que guardaré con cariño.
Vimos ciervos, gamos, cabras montesas, jabalíes y otros animales mientras el guía nos explicaba cada detalle y nos acercaba a conocer un poquito más la fauna de estas montañas.
Fue una tarde de esas que parecen sencillas y terminan convirtiéndose en un recuerdo especial.
Y todavía nos quedaba otra maravilla antes de despedirnos: la vuelta por el Pantano del Tranco. Qué paisaje tan impresionante. El agua extendiéndose entre las montañas, el verde abrazando las orillas y esa sensación de estar atravesando uno de esos lugares que parecen pintados a propósito para que los guardemos en la memoria. Fue un recorrido tranquilo, de esos en los que no hace falta hacer nada especial: simplemente mirar por la ventana, contemplar el paisaje y dejar que la belleza del lugar te vaya llenando por dentro.
El Pantano del Tranco fue otra de esas sorpresas de estas vacaciones. Una imagen diferente de la sierra, pero igual de hermosa. Agua, montañas, cielo y naturaleza formando un paisaje que parecía decirnos que todavía quedaba un poquito más de belleza por descubrir antes de regresar a casa.
Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos poniendo punto final a nuestros días en la sierra. Cada excursión, cada camino y cada paisaje se iba convirtiendo en un recuerdo. Y yo, aunque con los pies cansados y sabiendo que no había podido llegar a todos los lugares, sentía una enorme felicidad por todo lo que habíamos vivido.
Pero si tuviera que elegir un momento que resume estas vacaciones, quizá me quedaría con los amaneceres.
Desde Coto Ríos, la montaña nos regaló cada mañana un espectáculo diferente. El cielo despertando poco a poco, las primeras luces acariciando las montañas, los claroscuros y los sonidos de la naturaleza rompiendo el silencio.
Los pájaros.
Los gallos.
El rumor de la vida despertando.
Y entonces solo podía pensar en Dios.
En ese Dios que, para mí, sabe pintar amaneceres como nadie. Que mezcla los colores lentamente y consigue que una mañana cualquiera se convierta en algo extraordinario.
Quizá por eso estos días han tenido algo especial.
Porque no solo hemos conocido lugares.
Hemos sentido.
Hemos reído. Hemos terminado cansadas. Hemos hecho fotos. Hemos hablado. Hemos compartido caminos. Hemos descubierto rincones. Y hemos ido acumulando pequeños momentos que ahora, al marcharnos, parecen enormes.
Y sí, mis pies han protestado.
Mucho.
Pero yo también he protestado contra mis propios límites.
Y entre unas cosas y otras, ahí estaba yo: caminando, disfrutando, subiendo al 4×4, contemplando paisajes, haciendo excursiones, visitando el parque cinegético y viviendo cada día con las ganas de aprovecharlo al máximo.
No hice todas las rutas completas.
No llegué a todos los lugares.
No pude bajar por todos los senderos.
Pero hice algo mucho más importante:
no dejé de vivir.
Y eso es lo que quiero recordar.
Porque la discapacidad forma parte de mi vida, pero no es toda mi vida. Hay días en los que el cuerpo manda y hay que escucharlo. Y hay otros en los que, dentro de mis posibilidades, puedo decirle: “Vamos, un poquito más”.
Y estos días le dije muchas veces.
“Vamos”.
Y mi cuerpo respondió.
Como pudo.
A su manera.
Pero respondió.
Por eso, cuando ahora miro atrás, no quiero quedarme con lo que no pude hacer. Quiero quedarme con todo lo que sí hice.
Con el río Borosa aunque no llegáramos hasta el final.
Con las lagunas aunque yo no bajara por el sendero hacia Aguas Negras y el nacimiento del Borosa.
Con los caminos.
Con el 4×4.
Con el tren turístico.
Con los animales.
Con la piscina.
Con las risas.
Con las fotografías.
Con los amaneceres.
Y con Inma, que ha sido parte imprescindible de esta aventura y que, con su energía inagotable, ha conseguido que estas vacaciones fueran mucho más que unos días de descanso.
Ahora toca volver.
Y es aquí cuando aparece esa mezcla tan extraña de felicidad y añoranza.
Porque mientras estás viviendo algo bonito piensas que todavía queda tiempo.
Y de repente llega el último día.
La maleta vuelve a cerrarse. Los caminos se quedan atrás. La piscina deja de ser nuestro refugio. El río continúa su viaje sin nosotras. La montaña permanece allí, mientras nosotras regresamos a nuestra vida cotidiana.
Y aparece la nostalgia.
Pero es una nostalgia bonita.
Porque solo se echa de menos aquello que nos ha hecho felices.
Estos han sido unos días maravillosos.
Días de sol, agua, montañas, animales, caminos y amaneceres.
Días de cansancio y de risas.
De aventura y descanso.
De límites y de superación.
De descubrir que quizá no pueda hacerlo todo, pero que todavía puedo hacer muchísimo.
Y que, cuando puedo, quiero hacerlo.
Porque la vida también está hecha de eso: de saber cuándo parar y de saber cuándo decirle al miedo, al cansancio o a las dificultades:
“Hoy no me vas a ganar”.
Y así me voy de la Sierra de Segura y Las Villas.
Con los pies cansados.
Con el cuerpo pidiendo descanso.
Pero con el corazón lleno.
Lleno de recuerdos.
Lleno de naturaleza.
Lleno de amaneceres.
Lleno de caminos recorridos y de otros que quedaron pendientes para otra ocasión.
Porque quizá algún día vuelva.
Y quién sabe si entonces podré llegar un poquito más lejos.
Pero si no puedo, tampoco pasará nada.
La montaña seguirá siendo hermosa.
Y yo seguiré agradeciendo haber podido estar allí.
Porque no siempre importa hasta dónde llegamos.
A veces importa mucho más haber tenido el valor de empezar el camino.
Y yo estos días empecé muchos.
Y los disfruté como una jabata.
Se fue el camino, sí.
Pero no su calor.
La montaña se quedó allí.
Y una parte de mí también.