
«A mi madre, tres años y ocho meses después de tu partida.»
Anoche soñé que volvías, madre,
que la luna bajaba a nuestro hogar,
que el tiempo se dormía entre mis manos
y el silencio aprendía a cantar.
Te vi llegar por un camino de estrellas,
vestida de luz, de brisa y de azahar,
con esa paz que tienen los recuerdos
cuando el alma los vuelve a despertar.
No me hablaste. No hizo falta.
Tus ojos lo dijeron todo por mí.
Y en aquel mundo donde nada termina,
volví a ser la niña que fui junto a ti.
Me llevaste contigo por jardines donde los árboles saben de eternidad, donde las flores guardan los suspiros y los ríos nunca dejan de abrazar.
Allí no existen despedidas, madre, ni relojes que nos roben el ayer, ni puertas que se cierren para siempre, ni lágrimas que no puedan florecer.
Han pasado tres años y ocho meses desde que el mundo te dejó marchar, pero hay noches en que tu voz regresa montada en las alas de algún vendaval.
Y yo te busco en el azul del cielo, en las estrellas que se apagan al amanecer, en ese soplo tibio que acaricia mi rostro y que me hace sentir que te vuelvo a tener.
Quizá vivas detrás de las auroras, en una casa hecha de claridad, donde los ángeles tejen con hilos de plata los sueños que un día podremos compartir.
Y cuando llegue mi noche más callada, cuando mis ojos se cansen de mirar, quiero encontrarte al final de un sendero que ninguna despedida pueda borrar.
Hasta entonces, mamá, sé mi lucero, mi pequeña eternidad, mi dulce canción. Yo seguiré caminando por la vida con tu recuerdo dormido en mi corazón.
Y si alguna noche ves que estoy triste, desciende despacio en un rayo de luna, cúbreme el alma con tu manto de estrellas y dime en sueños que no estoy sola.
Porque hay amores que vencen al tiempo, que ni la muerte consigue apagar. Y aunque mis manos ya no puedan tocarte, mi alma, madre, te sabe encontrar.
Tres años y ocho meses sin tus brazos, pero toda una vida para amarte. Y en algún lugar donde los sueños no terminan, seguiremos juntas, madre mía, como la luna y su reflejo en el mar.