Un día de feria sola con mi mamá

Hay fotografías que no solo guardan un momento.
Guardan un deseo.

Esta imagen me lleva a imaginar un día de feria que nunca pude vivir con mi madre, pero que hoy quiero regalarme a través de la imaginación.

Me imagino que es la Feria de San Miguel de Úbeda, pero una feria diferente, más parecida a la Feria de Abril de Sevilla. Una feria llena de luz, de color, de música y de ese bullicio alegre que parece decirnos que, por unas horas, la vida puede ser solamente eso: vivir y disfrutar.

Y allí estamos las dos.

Mi madre, con su blusa de mariposas y sus pantalones negros, tan guapa como siempre. Yo, vestida de flamenca. Caminamos juntas entre las casetas mientras escuchamos el sonido de las sevillanas.

—Mamá, ¿bailamos?

Y ella sonríe.

Me la imagino entrando conmigo en una caseta particular, de esas que tienen sus farolillos encendidos, mesas llenas de gente, un tablao flamenco y músicos tocando en directo. Suenan unas sevillanas y yo le cojo la mano.

Bailamos.

Quizá yo no tenga la gracia de una gran bailaora, pero ese día no importa. Porque estoy bailando con mi madre.

Y mientras damos vueltas, nos miramos y nos reímos.

Después salimos a pasear.

Por el Real pasan caballos engalanados, jinetes vestidos de corto y coches de caballos adornados con flores. Los cascabeles suenan al ritmo de las sevillanas y las luces de la feria se reflejan en los ojos de mi madre.

—¡Mira, mamá!

Y ella mira.

Como cuando yo era pequeña y quería enseñarle cada cosa que me llamaba la atención.

Seguimos caminando entre las casetas, oliendo a feria: a comida, a flores, a madera, a noche recién estrenada.

Y llega uno de esos momentos sencillos que se convierten en recuerdos para toda la vida.

Nos sentamos a tomar chocolate con churros y buñuelos.

Mi madre moja un churro en el chocolate y yo la miro.

No necesitamos hablar demasiado.

Porque hay personas con las que el silencio también es una conversación.

Después decidimos subir a la noria.

Desde arriba vemos toda la feria iluminada.

Las casetas parecen pequeñas, las luces forman caminos y, por un instante, Úbeda parece otra ciudad.

Mi madre está a mi lado.

Yo apoyo la cabeza en su hombro.

Y pienso que ojalá aquella noria pudiera detenerse allí arriba para que ese momento durara para siempre.

Luego bajamos y volvemos a caminar.

Quizá escuchamos otra vez unas sevillanas.

Y volvemos a bailar.

Porque esa noche no quiero tener prisa.

Quiero aprovechar cada minuto.

Quiero volver a sentir que soy aquella niña que caminaba de la mano de su madre.

Quiero volver a tenerla conmigo.

Mamá, si estuvieras aquí, lo pasaríamos muy bien juntas.

Te llevaría a la Feria de San Miguel.

Pasearíamos entre caballos y carrozas, entraríamos en las casetas, escucharíamos cantar a los artistas, bailaríamos sevillanas, comeríamos churros con chocolate, subiríamos a la noria y nos reiríamos de cualquier tontería.

Y seguramente, al final de la noche, cansadas de tanto caminar y bailar, volveríamos a casa hablando de todo lo que habíamos vivido.

Pero hay algo que cambiaría respecto a cualquier otra feria:

yo no querría que terminara.

Porque sería un día de feria sola con mi mamá.

Un día inventado por la imaginación, sí.

Pero lleno de una verdad muy profunda:

el amor que siento por ti sigue estando aquí.

Y aunque ya no pueda cogerte de la mano para pasear por la feria, puedo cerrar los ojos e imaginar que lo hacemos.

Por unas horas, mamá, vuelves a estar conmigo.

Y bailamos juntas una sevillana bajo las luces de San Miguel. ❤️🌸

Y llega el final de la feria…

Y como toda feria que se precie, la nuestra también tendría un final.

Después de tantas vueltas, de bailar sevillanas, de pasear entre caballos y carrozas, de los churros con chocolate y de subir juntas a la noria, buscaríamos un buen sitio desde donde contemplar los fuegos artificiales.

Nos sentaríamos juntas, quizá un poco cansadas, pero felices.

La música se iría apagando poco a poco. Las luces de las casetas seguirían brillando y, de repente, el cielo comenzaría a llenarse de colores.

💥 ¡Pum!

Una explosión de luz sobre nuestras cabezas.

Mi madre miraría hacia arriba y yo la miraría a ella.

Porque seguramente, en ese momento, no estaría pensando en los fuegos artificiales.

Estaría pensando en lo afortunada que me sentiría de tenerla allí.

Le cogería la mano.

—Mamá, qué bonito…

Y ella sonreiría.

Quizá apoyaría su cabeza en mi hombro mientras el cielo se llenaba de estrellas de colores.

Y yo desearía que aquel instante no terminara nunca.

Cuando el último fuego artificial desapareciera en la noche, nos quedaríamos unos segundos mirando el cielo ya oscuro.

La feria habría terminado.

Pero yo sabría que aquella noche se quedaría para siempre dentro de mí.

Mamá, si estuvieras aquí, lo pasaríamos muy bien juntas.

Caminaríamos de regreso a casa despacio, comentando todo lo que habíamos hecho.

Y antes de dormir, seguramente te diría:

—Ha sido un día precioso, mamá.

Y tú me contestarías con esa sonrisa que tanto echo de menos.

Un día de feria sola con mi mamá.

Una feria que quizá nunca existió…

pero que mi corazón ha decidido vivir contigo. ❤️🎆

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *