La princesa, el oso y su relación con la comida

Había una vez una princesa que se perdió en un bosque muy grande.

Al principio no tuvo miedo. Caminaba por un sendero estrecho entre los árboles. Estaba convencida de que pronto encontraría el camino de regreso al castillo.

Sin embargo, el sendero desapareció bajo las hojas.

La princesa siguió caminando.

Cuanto más avanzaba, más profundo parecía hacerse el bosque.

—Seguro que enseguida me encuentran —se decía.

Pero la tarde fue cayendo.

El sol desapareció detrás de las copas de los árboles y comenzó a hacer frío.

Entonces la princesa sintió hambre.

Los frutos del bosque

Entre los arbustos encontró unas moras.

Comió unas cuantas.

Después encontró unas manzanas silvestres. Más tarde descubrió algunas castañas.

Mientras comía, una vocecita comenzó a hablar dentro de ella.

—No deberías haber comido tanto.

La princesa dejó caer una castaña.

—Pero tengo hambre…

La voz insistió:

—Deberías haber cuidado mejor tu cuerpo.

La princesa miró sus manos.

—Quizá no lo he cuidado bien.

Entonces sintió una tristeza muy grande.

El bosque era inmenso y ella estaba sola. Además, aquella voz que parecía querer protegerla conseguía hacerla sentir culpable por cada fruto que encontraba.

La princesa se sentó bajo un árbol.

Durante unos instantes pensó que quizá era mejor no comer más.

Pero entonces miró el camino que todavía tenía por delante.

Comprendió algo importante.

Si quería salir del bosque, necesitaba fuerzas.

Así que recogió algunas moras, varias castañas y unas manzanas.

—Tengo que comer —se dijo—. Mi cuerpo necesita alimento para seguir caminando.

Y continuó su camino.

Una cueva en la noche

Cuando llegó la noche, el frío se hizo más intenso.

La princesa encontró una cueva entre unas grandes rocas.

—Pasaré aquí la noche —decidió—. Mañana continuaré buscando el camino.

Recogió algunos palitos y ramas secas. Con mucho cuidado encendió un pequeño fuego y se sentó cerca de las llamas.

Por fin comenzaba a entrar en calor.

Pero entonces escuchó un ruido.

Un ronquido.

La princesa levantó la cabeza.

—¿Qué ha sido eso?

Miró hacia el fondo de la cueva.

Allí, entre las sombras, había un enorme oso dormido.

La princesa se quedó inmóvil.

Durante unos segundos sintió miedo.

Pero después observó al animal con atención.

El oso no se movía.

Dormía profundamente.

La princesa comprendió que seguramente llevaba allí mucho tiempo, refugiado del frío y entregado a su sueño de invierno.

—No voy a molestarte —susurró.

El oso abrió un ojo.

La princesa retrocedió un poco.

Sin embargo, el animal no parecía enfadado.

Al contrario.

Parecía tan cansado como ella.

La princesa tomó unas castañas de su cesta y las dejó cerca del oso.

—No sé si te gustarán.

El oso las olió.

Pero no las tocó.

Después volvió a cerrar los ojos.

La princesa se acomodó cerca del fuego.

El guardián de la cueva

Pasó un rato.

Las llamas fueron haciéndose cada vez más pequeñas.

La princesa comenzó a sentir frío otra vez.

Entonces el oso se incorporó lentamente.

La princesa se quedó quieta.

El animal caminó hacia ella.

Pero no quería hacerle daño.

Se tumbó a su lado y dejó que el calor de su enorme cuerpo la protegiera.

La princesa comprendió que podía confiar en él.

Aquella noche durmió junto al oso.

Por primera vez desde que se había perdido, dejó de pensar en si había comido demasiado o demasiado poco.

Simplemente durmió.

Su cuerpo estaba cansado.

Y necesitaba descansar.

Mientras tanto, en el castillo…

Mientras la princesa dormía en la cueva, su familia la buscaba por todo el bosque.

El rey salió a caballo junto a la reina.

Los soldados llevaban antorchas y recorrían los caminos.

—¡Princesa!

—¡Princesa!

Sus voces resonaban entre los árboles.

Los perros olfateaban el suelo.

Las ramas se rompían bajo los pies de los hombres.

Todos estaban preocupados.

Nadie imaginaba que la princesa había encontrado refugio en una cueva.

Y tampoco podían imaginar quién la acompañaba.

Aprender a escuchar el cuerpo

Pasaron los días.

La princesa comenzó a conocer el bosque.

Aprendió dónde crecían las moras.

Descubrió dónde podía encontrar manzanas silvestres.

También encontró castañas, raíces y otros frutos.

Algunos días tenía más hambre.

Otros días tenía menos.

Poco a poco dejó de escuchar aquella voz que la hacía sentirse culpable.

En su lugar, comenzó a escuchar a su propio cuerpo.

Descubrió que el cuerpo era como una pequeña criatura que caminaba junto a ella.

A veces necesitaba comida.

Otras veces necesitaba agua.

A veces necesitaba descansar.

Y, cuando hacía frío, necesitaba calor.

La princesa comprendió que ninguna de esas necesidades era motivo de vergüenza.

Su cuerpo no estaba pidiéndole perdón.

Simplemente le estaba diciendo lo que necesitaba para continuar.

El encuentro

El oso seguía durmiendo.

La princesa comenzó a dejar cerca de él algunos frutos y raíces.

—Para cuando despiertes —le decía.

El oso no respondía.

Pero parecía entenderla.

Una mañana, mientras recogía moras, la princesa escuchó voces.

—¡Princesa!

Se incorporó de golpe.

Reconoció aquella voz.

Era su familia.

El rey y la reina habían llegado hasta la entrada de la cueva.

Al verla junto al oso, los soldados levantaron sus palos.

—¡Atrás, princesa!

—¡Ese animal puede hacerte daño!

Algunos hombres prepararon sus armas.

Pero la princesa se colocó delante del oso.

—¡No!

Todos se quedaron quietos.

—No lo matéis.

El rey desmontó de su caballo.

—Hija, ¿qué haces aquí?

La princesa corrió hacia sus padres y los abrazó.

—El oso me ha cuidado.

La reina miró al animal.

—¿Te ha hecho daño?

—No. Tenía frío y me dio su calor.

El rey observó la cueva.

Vio el fuego apagado, las castañas y las pequeñas frutas que la princesa había ido recogiendo.

Entonces comprendió que aquel animal que parecía peligroso había sido, para su hija, un refugio.

—Tenemos que llevarte al castillo —dijo finalmente.

La princesa asintió.

Antes de marcharse, volvió junto al oso.

—Volveré.

Y lo abrazó.

El enorme animal permaneció tranquilo.

De vuelta al castillo

La princesa regresó al castillo.

Allí había comida de sobra.

Había pan recién hecho, frutas, verduras, sopas y dulces.

Al principio volvió a sentir miedo.

Aquella vieja voz regresó.

—Cuidado.

La princesa miró el plato.

Durante un momento sintió que volvía a estar perdida.

Entonces recordó el bosque.

Recordó las moras.

Recordó las castañas.

Recordó el hambre.

Recordó las noches de frío.

Y recordó al oso.

—No quiero volver a pelearme con mi cuerpo —dijo.

Desde aquel día comenzó a aprender algo nuevo.

No tenía que pasar hambre para sentirse buena.

Tampoco tenía que comer hasta sentirse mal para disfrutar.

Y no tenía que tener miedo de una comida deliciosa.

Podía escuchar a su cuerpo.

Podía saborear.

Podía disfrutar.

Podía parar cuando estuviera satisfecha.

También comprendió algo más.

Si algún día comía más de lo que necesitaba, no tenía que castigarse al día siguiente.

Porque un día no borra todos los demás.

Igual que una nube no borra el cielo.

La primavera y el pequeño oso

Llegó la primavera.

Una mañana, la princesa recibió una visita inesperada.

Era un mensajero del bosque.

—Majestad —dijo—, el oso ha despertado.

La princesa sonrió.

—¿Está bien?

—Sí.

Pero había algo más.

El oso había salido de la cueva acompañado de un pequeño osezno.

La princesa corrió hasta el bosque.

Cuando llegó, vio al enorme oso caminando lentamente entre los árboles.

Detrás de él caminaba su pequeño.

La princesa llevaba una cesta.

Dentro había manzanas, castañas y frutos del bosque.

—Te dije que volvería —susurró.

El oso la miró.

El pequeño osezno se acercó con curiosidad.

La princesa se sentó en el suelo y dejó la cesta.

Entonces ocurrió algo diferente.

Ya no sintió miedo de comer.

Tampoco sintió miedo de tener comida delante.

Tomó una manzana.

Le dio un mordisco.

Y sonrió.

Comprendió que alimentarse no era un premio ni un castigo.

Era una forma de seguir caminando.

De abrazar a las personas que quería.

De leer libros.

De bailar.

De pintar.

De reír.

De vivir.

La verdadera enseñanza del oso

La princesa miró al oso.

Quizá aquel animal había sido el guardián que el bosque había puesto en su camino.

Un guardián que le había enseñado algo que todavía no sabía:

Cuidar del cuerpo no significa castigarlo.

Significa escucharlo.

Significa darle alimento cuando tiene hambre.

Significa dejarlo descansar cuando está cansado.

Significa disfrutar de una comida sin convertirla en una batalla.

Significa aceptar que algunos días serán diferentes de otros.

Y, sobre todo, significa aprender a vivir dentro de nuestro propio cuerpo con un poco más de cariño.

Volver al bosque

Desde entonces, cada primavera, la princesa regresaba al bosque.

Nunca llevaba una balanza.

Tampoco llevaba una lista de alimentos prohibidos.

Llevaba una cesta.

A veces la llenaba de frutas.

A veces de pan.

A veces de algo dulce.

Y siempre llevaba una manta para sentarse bajo los árboles.

El oso y su osezno la esperaban.

Mientras ellos comían, la princesa también comía.

Sin culpa.

Sin miedo.

Sin necesidad de compensar el día anterior.

Había aprendido que el cuerpo no es un enemigo al que hay que vencer.

Es la casa que nos lleva durante toda nuestra vida.

Y aquella princesa que un día se había perdido en el bosque terminó descubriendo que quizá nunca estuvo realmente perdida.

Solo estaba aprendiendo a volver a casa.

A su propia casa.

A su cuerpo.

Y desde entonces, cada vez que aquella vieja voz aparecía para decirle que había comido demasiado, la princesa sonreía.

Recordaba al oso.

Y respondía:

—Mi cuerpo no necesita castigo.

Necesita cariño.

Entonces continuaba caminando.

Porque todavía quedaba mucho bosque por descubrir.

Y mucha vida por vivir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *