
Hay quien piensa que mostrarse fuerte consiste en no enseñar las debilidades. En ponerse una máscara, mantener la compostura y procurar que nadie descubra aquello que nos hace vulnerables.
Yo pienso de otra manera.
Creo que cambiamos a cada paso que damos. Que la vida nos transforma, nos enseña, nos rompe algunas veces y nos reconstruye otras. Y que, cuando alcanzamos cierta madurez, deberíamos permitirnos el lujo de mostrarnos tal como somos. Sin disfraces, sin demasiadas explicaciones y sin miedo a reconocer aquello que nos importa.
Porque yo también tengo debilidades. Y no me avergüenzo de ellas.
Tengo la escritura, que me permite sacar de dentro todo aquello que a veces no sé explicar hablando. Tengo la pintura, donde los colores dicen cosas que las palabras no alcanzan. Tengo el gimnasio, el pilates y esa nueva aventura que es la guitarra, que me recuerdan que siempre hay algo por aprender y nuevos caminos por recorrer.
Y luego está Víctor.
Mi gato. Mi compañero. Mi pequeña gran debilidad.
Hace ya cinco años que llegó a mi vida. Era apenas un gatito de mes y medio cuando unos amigos me lo trajeron desde Sevilla. Pequeñito, curioso, con esa mirada de quien todavía tiene todo un mundo por descubrir.
No sabía entonces cuánto espacio iba a ocupar en mi casa y, mucho menos, cuánto iba a ocupar en mi corazón.
Desde aquel día se convirtió en parte de mi rutina, de mis costumbres y de mi manera de entender el hogar.
Porque una casa no está hecha solamente de muebles, paredes y objetos. Una casa también son los pequeños sonidos que la habitan, las presencias que nos acompañan y esos seres que, sin pronunciar una sola palabra, consiguen que nunca nos sintamos del todo solos.
Víctor tiene sus propios rituales. Sus juegos, sus carreras inesperadas, sus saltos, sus escondites y esa costumbre de buscarme cuando menos lo espero. Le gusta estar cerca, acomodarse en mi regazo, acompañarme cuando estoy sentada o instalarse a los pies de mi cama.
A veces parece que me vigila. Otras, que simplemente quiere compartir conmigo el mismo espacio.
Y yo disfruto de todo eso.
Disfrutamos juntos de la casa y de la música. 🎶 Hay momentos en los que suena una canción y él anda cerca, como si también formara parte de esa pequeña banda sonora de nuestra vida cotidiana. Yo escribo, pinto, leo o practico mis acordes de guitarra, y él aparece por algún rincón, se acerca, curiosea o decide que ha llegado el momento de reclamar mi atención.
Así son nuestras tardes y nuestras noches. Una convivencia hecha de pequeñas cosas que, precisamente por ser pequeñas, terminan convirtiéndose en enormes.
Las debilidades bonitas son esas que no nos hacen menos fuertes, sino más humanos.
Y, sin embargo, hay algo que me sucede con Víctor que tiene mucho que ver con mi propia historia.
He perdido a muchas personas. Familiares a los que he querido profundamente, seres queridos que formaron parte de mi vida y que hoy solamente puedo abrazar desde el recuerdo, la memoria y la fe.
He tenido que aprender a vivir con las ausencias. A aceptar que hay despedidas que no elegimos, que hay momentos en los que no podemos retener a nadie y que el amor, por intenso que sea, no siempre puede evitar la separación.
He llorado. He echado de menos. He sentido ese vacío que dejan quienes ya no están.
Pero sigo aquí.
He aprendido que sobrevivir a una pérdida no significa olvidar. Tampoco significa querer menos a quien se ha marchado. Significa encontrar, poco a poco, una manera de seguir viviendo con ese amor dentro de nosotros.
Porque hay personas que se van, pero permanecen en nuestros gestos, en nuestras conversaciones, en las fotografías, en las canciones y en tantas pequeñas cosas que nos las devuelven por un instante.
Y también he aprendido que amar es entregarse, cuidar, acompañar y disfrutar de la presencia del otro. Pero que, llegado el momento, también hay que saber soltar.
Soltar no es abandonar. No es dejar de querer. Es reconocer que no podemos controlar el tiempo ni el destino de quienes amamos.
Es una de las lecciones más difíciles de la vida.
Por eso, cuando miro a Víctor dormido bajo su mantita, cuando lo veo acurrucarse o venir a buscarme, prefiero no adelantarme al dolor de una ausencia que todavía no existe.
A veces pienso que no sé qué haría sin él. Que su marcha dejaría un silencio inmenso en esta casa. Que echaría de menos sus carreras, sus juegos, su compañía y hasta esas pequeñas travesuras que de vez en cuando me hacen reír.
Quizá podría sobrevivir. He sobrevivido a otras despedidas, aunque cada una tenga su propio peso y su propia manera de doler.
Pero hoy no quiero pensar en eso.
Hoy quiero disfrutar de sus cinco años conmigo. De aquel pequeño gatito que llegó desde Sevilla con apenas mes y medio y que terminó convirtiéndose en uno de los grandes amores de mi vida.
Quiero seguir compartiendo con él mis mañanas, mis tardes, mis noches, mis canciones, mis silencios y mis momentos de inspiración.
Quiero que siga llenando la casa con su presencia.
Porque la vida ya nos enseña demasiado pronto que nada es eterno. Y precisamente por eso debemos aprender a disfrutar de lo que tenemos mientras lo tenemos.
No quiero vivir anticipando las pérdidas. Quiero vivir agradeciendo las presencias.
Y Víctor es una de ellas.
Así que sí, tengo debilidades. Muchas. Y algunas de ellas tienen forma de letras, pinceles, acordes de guitarra o ganas de moverme y seguir aprendiendo.
Pero mi mayor debilidad tiene cuatro patas, bigotes, una mirada preciosa y una manera muy particular de hacerme sentir acompañada.
Se llama Víctor.
Y mientras él siga buscando mi regazo y yo pueda acariciar su cabecita, seguiremos escribiendo juntos esta pequeña historia de amor.
Porque no todas las grandes historias de amor necesitan palabras. Algunas ronronean.
Buenas noches. Y que nunca nos falten motivos para sonreír, para querer y para agradecer la compañía de quienes hacen más bonita nuestra vida.
❤️🐈