
En la quietud de la noche clara,
cuando el lago bebe estrellas
y la luna se peina en el agua,
salí a buscarte.
No llevé lámpara ni senda,
solo el temblor de mi alma
y el perfume de los juncos
que susurraban tu nombre.
Te encontré donde el silencio florece,
más allá del miedo,
más allá del tiempo,
allí donde los pájaros duermen
en las manos de Dios.
Y ya no fui la misma.
Mis heridas se volvieron río,
mis lágrimas, rocío de alba,
y el peso de los años
cayó como hojas secas sobre la tierra.
Entonces comprendí:
que estabas en la brisa,
en el reflejo del agua,
en la voz secreta de las piedras,
y también dentro de mí.
Desde aquella noche camino ligera,
como quien guarda una estrella
encendida en el pecho,
mientras el mundo duerme
y el amor lo llena todo.