
El calor ha tendido sus mantas invisibles
sobre los tejados cansados de junio.
Las horas se derriten lentamente
como relojes de arena bajo el sol,
y mi corazón, sediento de horizontes,
comienza a soñar con el mar.
Por las noches camino dormida
hacia un lago que no aparece en los mapas.
Sus aguas son de cristal azul verdoso
y en el fondo duermen estrellas antiguas
que despiertan cuando alguien desea descansar.
Allí navegan peces de plata
con alas hechas de espuma y luna.
Las algas cuentan historias olvidadas
y los juncos guardan secretos del viento.
Una garza de luz me señala el camino
hacia una playa escondida entre los sueños.
La arena es suave como una nube caída,
y las olas llegan despacio,
cargadas de caracolas que susurran canciones.
Cada ola se lleva un cansancio,
cada espuma borra una preocupación,
cada reflejo devuelve una sonrisa.
Entonces comprendo que el verano se acerca,
como un barco blanco en la distancia.
Trae consigo días de descanso,
mañanas sin prisas, tardes de sal y horizonte,
y la libertad sencilla de sentarse frente al mar
a escuchar cómo el mundo respira.
Mientras tanto, bajo este calor que todo lo envuelve,
guardo en los bolsillos pequeños sueños acuáticos:
un lago donde flotan las estrellas,
un mar que conoce mi nombre,
y unas vacaciones esperándome
al otro lado de la próxima ola.