



Hay épocas en las que una no escribe demasiado hacia fuera, pero no por falta de vida, sino precisamente porque la vida sucede con tanta intensidad que apenas deja tiempo para sentarse a ordenarla en palabras. Este último mes ha sido así para mí: lleno de movimiento, emociones, encuentros y pequeños instantes que dejan huella.
Y, sin embargo, aunque haya publicado menos o permanecido más callada, no he dejado de escribir. Mi novela sigue creciendo conmigo. Llevo ya un año trabajando en ella, avanzando despacio pero con constancia, entrando y saliendo de sus páginas como quien atraviesa un portal hacia otra parte de sí misma. Hay días en los que escribo mucho y otros en los que solo pienso escenas, recuerdos o diálogos, pero la historia continúa viva dentro de mí, respirando conmigo.
Hace unas semanas viajé a Córdoba para visitar sus patios. Entrar en ellos fue como entrar en un refugio de color y silencio. Las macetas colgadas en las paredes parecían pequeños corazones floreciendo al sol. Geranios, gitanillas, jazmines… flores que caían como cascadas vivas sobre el blanco de las casas. Caminé despacio, observando cómo la belleza puede habitar en lo cotidiano y cómo hay lugares capaces de sostener el alma aunque solo sea durante unas horas. Fue un día luminoso, de esos que permanecen dentro mucho tiempo después de haber terminado.
También he estado en Torredonjimeno, participando con la asociación Juntos Contra la ELA en unas jornadas dedicadas a los productos de la tierra: el aceite, el queso, las tradiciones y la convivencia. Fueron días llenos de solidaridad, de personas unidas por causas distintas pero con un mismo propósito: ayudar y acompañar.
Allí compartimos espacio con asociaciones contra el cáncer, la fibromialgia y otros colectivos comprometidos con las personas más vulnerables y con la resiliencia de muchos ancianos del pueblo. Nuestra mesa solidaria para colaborar con la ELA estuvo rodeada de cercanía, conversación y humanidad. A veces, pequeños gestos sostienen grandes causas.
Hubo también recitales de poesía y tuve la suerte de participar leyendo un poema de cada uno de mis dos poemarios. Siempre siento vértigo cuando leo en voz alta algo nacido de mi interior, pero también una extraña paz. La poesía tiene esa capacidad de tender puentes invisibles entre quienes escriben y quienes escuchan. Después llegaron la música, las risas compartidas, la paella y los roscos, cerrando una jornada sencilla y hermosa, de esas que recuerdan que la vida también se construye alrededor de una mesa y una conversación.
Y entre excursiones, encuentros, escritura y actividades, está la realidad más íntima y más importante: el cuidado de mi padre.
Mi padre tiene 93 años y vive solo. A pesar de sus problemas de salud —marcapasos, apnea del sueño, insuficiencia cardíaca y dificultades de movilidad— conserva intacta su mente inquieta y su deseo de seguir siendo independiente. Maneja el WhatsApp, usa el ordenador, escribe artículos para el blog de su amigo Luis Arroyo y para otras publicaciones, escucha música, lee, va a comprar y continúa haciéndose su propia comida.
Lo que peor lleva es la movilidad, aunque se ayuda muy bien con su silla motorizada. Va a su misa, a su café y mantiene sus conversaciones y rutinas. Sigue conectado a la vida. Sin embargo, el cansancio y el descontrol de horarios empiezan a hacerse más presentes, y entre todos los hermanos hemos decidido organizarnos para acompañarlo más de cerca. Mi hermana es quien lleva el mayor peso, pero vamos a turnarnos los fines de semana para estar con él en casa.
A veces cuidar también significa aprender a mirar a nuestros padres desde otro lugar. Ellos, que un día sostuvieron el mundo para nosotros, empiezan a necesitar ahora pequeñas redes invisibles hechas de presencia, paciencia y compañía.
Quizá este último mes no haya sido un mes de grandes publicaciones ni de silencio absoluto. Ha sido, más bien, un mes de vida real. De flores en patios antiguos, de poesía compartida, de solidaridad, de música, de escritura lenta y profunda, de familia y de resistencia cotidiana.
Porque escribir una novela durante un año también es resistir. Es seguir creyendo en la historia incluso cuando la vida alrededor pide atención constante. Es continuar creando entre cuidados, viajes, emociones y cansancio. Y quizá ahí, precisamente ahí, sea donde nace la verdadera literatura: en medio de la vida.