Tres peludos trastos

Había una vez una chica que ya se había convertido en una mujer madura. Vivía en una casa tranquila, llena de libros, plantas y macetas con flores. Pero lo que más llenaba de alegría su hogar no eran las cosas, sino sus tres inseparables compañeros: un loro llamado Don Pericón, un perro llamado René y un gato llamado Víctor.

Los tres se llevaban sorprendentemente bien.

Don Pericón era un loro muy hablador. Le gustaba comentar todo lo que veía.

—¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Qué calor hace hoy! —gritaba desde su percha antes incluso de que saliera el sol.

René era un perro noble y juguetón. Siempre estaba dispuesto a correr detrás de una pelota o a acompañar a su dueña en los paseos.

Víctor, en cambio, era un gato elegante y observador. Parecía muy serio, pero en realidad era el más travieso de los tres.

Una mañana, mientras su dueña regaba las plantas del patio, Don Pericón tuvo una idea.

—¡Aventura! ¡Aventura! —chilló agitando las alas.

—¿Qué aventura? —preguntó René moviendo la cola.

—La del tesoro escondido.

Víctor abrió un ojo con desgana.

—No existe ningún tesoro.

—¡Sí existe! Lo escuché ayer. La jefa dijo que había guardado algo muy valioso.

Los tres se quedaron pensativos.

Lo que Don Pericón había oído era que su dueña había guardado un viejo colgante que perteneció a su abuela. Pero el loro había entendido «tesoro» y eso sonaba mucho más emocionante.

Así que comenzó la búsqueda.

René olfateó debajo de las mesas.

Víctor inspeccionó los armarios desde arriba.

Y Don Pericón vigilaba desde las cortinas.

Durante horas revolvieron la casa sin mala intención, aunque dejando tras de sí un pequeño caos.

Cayeron dos cojines.

Se desordenaron algunos papeles.

Y una madeja de lana terminó misteriosamente desenrollada por todo el pasillo.

Finalmente, Víctor descubrió una pequeña caja en un cajón entreabierto.

—Aquí hay algo.

Los tres se acercaron.

Dentro encontraron el colgante antiguo.

—¡El tesoro! ¡El tesoro! —gritó Don Pericón.

En ese momento apareció su dueña.

Al ver la escena, se llevó las manos a la cabeza.

—¡Madre mía! ¿Qué habéis hecho ahora?

Los tres bajaron la mirada.

Bueno… Don Pericón intentó hacerlo, aunque un loro nunca parece demasiado arrepentido.

La mujer observó el desorden y después los miró a ellos.

René movía la cola lentamente.

Víctor fingía que aquello no tenía nada que ver con él.

Y Don Pericón repetía:

—¡No pasa nada! ¡No pasa nada!

Ella no pudo evitar reírse.

Recogió el colgante, ordenó un poco la casa y les dio unas caricias.

—Sois unos trastos, pero sois mi familia.

Aquella tarde los cuatro se sentaron en el patio mientras el sol comenzaba a esconderse.

René dormía a sus pies.

Víctor descansaba sobre una silla.

Y Don Pericón, acomodado en su hombro, murmuró con voz suave:

—Familia… familia…

La mujer sonrió.

Porque comprendió que los verdaderos tesoros no siempre se guardan en cajas.

A veces tienen plumas, cuatro patas, bigotes o una cola que no deja de moverse cuando te ve llegar.

Y así, entre travesuras, risas y mucho cariño, Don Pericón, René y Víctor siguieron llenando de vida aquella casa durante muchos años más.

Fin. 🦜🐕🐈‍⬛✨

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