
Hay días en los que la soledad pesa antes incluso de levantarte de la cama. No ha ocurrido nada extraordinario. Simplemente sabes que el día será para ti y contigo. Y, aunque uno haya aprendido a convivir con la soledad, hay momentos en los que el alma se descuelga unos centímetros y parece quedarse a los pies.
Entonces comienza ese pequeño ritual de resistir.
La música suena desde primera hora. No llena la casa; llena los silencios. Se convierte en una conversación que no exige respuestas, en un abrazo invisible que acompaña cada paso.
Si mi cuerpo no me permite salir, la compra llega por teléfono. Recojo la ropa del tendedero. Juego con Víctor, que, sin saberlo, entiende mucho mejor que muchas personas el lenguaje de la compañía. Escribo en el ordenador. Miro el móvil. A veces esperando un mensaje. Otras, simplemente recordando que al otro lado del mundo hay personas que me quieren.
Para no dejar que el tiempo se oxide, invento proyectos. Abro una carpeta de láminas que pinté hace tiempo, las fotografío y pienso que quizá puedan encontrar un hogar en alguna pared haciendo ún Print. Porque crear también es una forma de seguir respirando.
Después llega la comida. La siesta. La lectura de mi novela. Se la envío a lectores cero con la ilusión de quien aún cree que las palabras pueden tocar otros corazones. Hablo con varias amigas. Llamo a mi padre y recuerdo que al mediodía le pedí a un vecino que me abriera un bote de salsa. Qué curioso: a veces un gesto tan pequeño puede recordarte cuánto significa seguir necesitando a quienes amas.
Y, sin darme cuenta, el día termina.
La soledad sigue ahí, pero ya no tiene el mismo peso. La música, los libros, la pintura, la escritura, las conversaciones y el cariño de quienes permanecen han ido cosiendo, puntada a puntada, las grietas de la jornada.
He comprendido que estar sola no siempre significa sentirse abandonada. A veces significa aprender a habitarse. Descubrir que también una puede sostenerse con las pequeñas cosas. Que la felicidad rara vez llega haciendo ruido; suele esconderse en un gato que se acerca buscando una caricia, en una canción que despierta un recuerdo, en la voz de un padre al otro lado del teléfono o en una página escrita cuando parecía que ya no quedaban fuerzas.
Quizá la vida sea precisamente eso: aprender a transformar los días vacíos en días vividos. Y entender que, mientras exista algo que nos emocione, una mano escayolada no te para, que basta alguien a quien querer y una palabra por escribir, nunca estaremos completamente solos.