La medida de las cosas

Últimamente me ronda una pregunta por la cabeza:

¿Dónde está la medida de las cosas?

¿Dónde está ese punto medio entre hacer lo que quiero y escuchar lo que necesita mi cuerpo?

Yo soy de las que no saben parar.

Quizá porque llevo demasiado tiempo sintiendo que, si paro, no haré nada.

Estoy cansada muchas veces. Muy cansada. Pero precisamente por eso tengo miedo de ceder al cansancio. Porque sé que, si empiezo a decirme «hoy no», quizá mañana vuelva a decir lo mismo. Y pasado mañana también.

Y así, poco a poco, podría volver a quedarme quieta.

Por eso sigo.

Hago Pilates.

He vuelto a la piscina.

He hecho AquaGym.

Me he apuntado a sevillanas.

Quiero aprender guitarra aunque mi mano derecha no tenga la movilidad que me gustaría.

Y ahora hasta pienso en hacer Zumba.

Porque yo soy así.

Me gustan los retos.

Cuando algo me interesa, quiero intentarlo.

No quiero que mis limitaciones decidan siempre por mí.

Pero quizá aquí está precisamente el aprendizaje que me toca hacer ahora:

una cosa es no dejar que tus limitaciones te impidan vivir y otra muy distinta es ignorar lo que tu cuerpo te está diciendo.

En las clases de sevillanas me estoy dando cuenta.

Me gusta bailar.

Me hace ilusión aprender.

Pero cuando llegan las vueltas aparecen los problemas: me mareo, me falta equilibrio, no tengo la estabilidad que necesitaría y tengo que adaptar los movimientos a mis posibilidades.

Y lo hago.

Porque puedo bailar de otra manera.

Puedo hacer lo que pueda.

Puedo disfrutar aunque no haga las cosas exactamente igual que los demás.

Pero entonces me pregunto:

Si en sevillanas ya estoy viendo que tengo dificultades para mantener el equilibrio, ¿cómo voy a enfrentarme a una clase de Zumba?

Quizá podría hacerla.

Quizá podría adaptarme.

Quizá podría descubrir que soy capaz.

Pero también puede ser que simplemente esté acumulando una actividad más porque me cuesta aceptar que no puedo hacerlo todo.

Y ahí aparece la palabra que últimamente estoy intentando aprender:

medida.

La medida no es rendirse.

La medida no es encerrarse en casa.

La medida tampoco es renunciar a los sueños antes de intentarlos.

La medida quizá sea aprender a preguntarme:

¿Esto me hace bien o me estoy exigiendo demasiado?

¿Lo hago porque me apetece o porque necesito demostrarme que todavía puedo?

¿Después de hacerlo me siento más viva o más agotada?

¿Estoy disfrutando o estoy luchando contra mi propio cuerpo?

Quizá esas preguntas puedan ayudarme a encontrar mi punto medio.

Porque yo quiero seguir siendo esa mujer que se atreve.

La que llegó a Úbeda y buscó una piscina climatizada aunque estuviera lejos.

La que iba con su bicicleta roja.

La que después tenía su pequeño Calimero.

La que venció la vergüenza de subir a la parte de arriba del gimnasio.

La que se apuntó a Pilates.

La que ahora vuelve a empezar después de haber perdido el ritmo.

La que quiere aprender guitarra aunque su mano derecha tenga dificultades.

La que se pone unas botas flamencas y se mete en una clase de sevillanas aunque se sienta, como digo yo, un poco «pato mareado».

No quiero perder esa parte de mí.

Pero tampoco quiero que mi valentía se convierta en una guerra permanente contra mi cuerpo.

Quizá ser valiente también sea saber parar.

Y descansar no significa abandonar.

A veces descansar significa prepararse para poder continuar.

Por eso también pienso en las cosas sencillas.

Quizá cuando empiecen las reuniones de los martes de Galilea pueda encontrar allí un espacio de encuentro, de conversación y de calma.

Quizá los miércoles pueda ir a la exposición del Santísimo en la parroquia.

Quizá no necesito llenar todos los huecos de mi semana con actividades.

Quizá también necesito espacios vacíos.

Espacios para respirar.

Para escuchar música.

Para leer.

Para escribir.

Para estar tranquila.

Para no tener que conseguir nada.

Y entonces me viene otra pregunta:

¿Por qué tengo la sensación de que si no estoy haciendo algo, estoy perdiendo el tiempo?

Tal vez ahí esté una de las claves.

No todo lo que hacemos tiene que servir para conseguir algo.

A veces estar tranquila también es hacer algo por nosotros.

A veces sentarse en silencio también es cuidarse.

A veces decir «hoy no» también es una forma de quererse.

No quiero dejar de vivir.

No quiero que el miedo, mis dificultades físicas o el cansancio decidan por mí.

Pero tampoco quiero demostrarle nada a nadie.

Ni siquiera a mí misma.

Quizá ya he demostrado bastante.

Ahora quiero aprender otra cosa:

a medir.

A distinguir entre el esfuerzo que me hace crecer y el esfuerzo que me desgasta.

Entre un reto que me ilusiona y una exigencia que me pesa.

Entre seguir adelante y no saber parar.

Porque quizá la vida no consiste en hacerlo todo.

Quizá consiste en elegir aquello que realmente queremos vivir y dejar espacio para poder disfrutarlo.

No quiero una vida llena hasta arriba.

Quiero una vida que me quepa.

Una vida en la que haya Pilates, piscina, escritura, pintura, música, sevillanas, encuentros, paseos, amigos y proyectos.

Pero también silencio.

Descanso.

Paz.

Y tiempo para mí.

Quizá esa sea mi nueva asignatura pendiente.

No aprender a hacer más.

Aprender a vivir con medida.

Porque seguir adelante no siempre significa avanzar deprisa.

A veces seguir adelante significa detenerse un momento, respirar profundamente y decir:

«Hasta aquí por hoy. Mañana continúo.»

Y quizá, por fin, entender que parar un poco no es dejar de vivir.

También es una manera de cuidar la vida.

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