
Hay cosas que llegan a nuestra vida casi sin darnos cuenta y terminan convirtiéndose en parte de nosotros.
Para mí, una de ellas ha sido el ejercicio.
Llevo veinte años en Úbeda y, prácticamente desde que llegué, el gimnasio, la piscina y las actividades deportivas han formado parte de mi vida. Hoy, después de una época en la que perdí el ritmo, he vuelto a encontrarme con algo que echaba mucho de menos: las ganas de moverme.
Recuerdo perfectamente cuando llegué de Sevilla. Lo primero que le dije a mi hermana fue:
—¿Dónde hay una piscina climatizada?
Ella me dijo que estaba bastante lejos.
Pero a mí no me importó.
Yo quería nadar.
En Sevilla ya nadaba y no quería renunciar a algo que me hacía sentir bien. Así que empecé a ir hasta allí con mi bicicleta roja. Después llegó mi pequeño Ford Ka, al que yo llamaba cariñosamente Calimero.
Al principio solo nadaba. Era lo que conocía y lo que me gustaba.
Después descubrí el AquaGym.
Y más tarde llegó Pilates y también las máquinas de cardio que estaban arriba del gimnasio.
Aunque llegar hasta arriba no fue tan fácil como podría parecer.
Yo era muy tímida. Me daba muchísima vergüenza subir a aquella parte del gimnasio. Pero poco a poco fui perdiendo esa vergüenza.
Me acostumbré.
Y terminé sintiendo aquel espacio como algo mío.
Antes de las clases de Pilates que hago ahora también tuve otra profesora, Ana, la tita de María del Mar. Ella también es muy buena en lo suyo y guardo un bonito recuerdo de aquella etapa.
Ahora tengo la suerte de volver a Pilates con María del Mar, que también es una magnífica profesional.
Quizá por eso regresar tiene para mí un significado especial.
Porque no estoy empezando de cero.
Estoy volviendo a mí.
Durante estos veinte años, el ejercicio me ha dado mucho más que movimiento. Me ha dado momentos de desconexión, rutinas, esfuerzo, pequeñas metas y, sobre todo, la sensación de que podía hacer más cosas de las que a veces pensaba.
Pero llegó la pandemia.
El COVID cambió nuestras vidas y también cambió muchas de mis rutinas. Dejé de hacer ejercicio como antes, perdí el ritmo y poco a poco fui ganando peso.
Después vinieron otras circunstancias, lesiones y momentos en los que volver a empezar no fue fácil.
Pero aquí estoy.
Volviendo.
Y esta vez quiero hacerlo poco a poco, sin exigirme más de lo que puedo dar y disfrutando del camino.
He bajado ya cuatro kilos y, más importante todavía, poco a poco me estoy sintiendo mejor.
No quiero que la báscula sea la protagonista de esta historia.
La protagonista quiero que sea la sensación de volver a levantarme temprano para ir a Pilates, regresar a la piscina, recuperar mis rutinas y sentir que mi cuerpo, con sus limitaciones y sus dificultades, todavía puede disfrutar del movimiento.
Porque el ejercicio no solo trabaja los músculos.
También nos ayuda a despejar la cabeza, a sentirnos activos, a recuperar confianza y a regalarnos un tiempo para nosotros mismos.
No siempre podemos hacer lo que hacíamos hace veinte años.
Eso también hay que aceptarlo.
Pero aceptar nuestras limitaciones no significa renunciar a cuidarnos.
Significa encontrar nuestra propia manera de hacerlo.
Yo sé que todavía me queda camino.
Quiero seguir avanzando, seguir cuidándome y sentirme cada día un poquito mejor.
Sin prisas.
Sin castigos.
Sin obsesionarme.
Después de todo lo vivido, he aprendido que los cambios importantes se construyen con pequeños pasos.
Una clase de Pilates.
Un rato de piscina.
Unos minutos de cardio.
Un paseo.
Un día en el que decidimos volver a intentarlo.
Y quizá esa sea una de las grandes maravillas del ejercicio físico: que cada vez que nos ponemos en movimiento estamos diciéndonos a nosotros mismos:
«Todavía estoy aquí. Y todavía puedo.»
Después de veinte años en Úbeda, sigo teniendo ganas de moverme.
Aquella chica tímida que llegaba con su bicicleta roja y que después recorría las calles con su Calimero quizá no imaginaba que el ejercicio acabaría formando una parte tan importante de su vida.
Pero aquí seguimos.
Veinte años después.
Con más experiencia, algunas cicatrices, muchas historias vividas y la ilusión de volver a empezar.
Y ahora estoy feliz de volver.
Porque no se trata solamente de perder peso.
Se trata de sentirse mejor, recuperar la ilusión y volver a sentirse viva dentro de nuestro propio cuerpo.
Y eso, para mí, vale muchísimo más que cualquier número que pueda aparecer en una báscula.